Ribbons Undone

02 diciembre 2006

Dos Méxicos

Tras experimentar, en el palacio legislativo de San Lázaro, una mínima confrontación con la realidad política del país, la estrictamente necesaria para ostentarse como presidente constitucional, Felipe Calderón Hinojosa prefirió dirigir su primer mensaje a la nación como titular del Ejecutivo arropado por una concurrencia monocorde en el Auditorio Nacional. Sus primeras menciones de agradecimiento fueron para los legisladores de su partido, erigidos en cuerpo de choque, para los parlamentarios priístas y para las instituciones armadas, tres de los actores que hicieron posible su llegada al cargo. El cuarto, el aparato mediático que lo ha cobijado a lo largo de este año con parcialidad manifiesta, fue el amo verdadero y el árbitro sesgado del espectáculo sucesorio. Así fueron expuestas las facturas principales que deberá pagar la administración que comienza.

Calderón pidió tiempo al electorado que no votó por él ­las dos terceras partes de los ciudadanos­ para "ganarme con hechos su confianza". La solicitud habría sido innecesaria si el panista hubiese accedido a un recuento fidedigno de los sufragios emitidos el 2 de julio; esa decisión le habría granjeado, si no la confianza, al menos el reconocimiento de la oposición, y de haber confirmado los dudosos resultados presentados por el Instituto Federal Electoral, habría convertido su victoria legal en un triunfo político. Pero la negativa a efectuar ese segundo conteo fue un agravio al sentido común y ya no hay manera de disipar las sospechas en torno a las cuentas oficiales: muchos mexicanos se preguntan ahora si con el rechazo al esclarecimiento electoral no se encubrió, además, un agravio a la voluntad popular.